Me estreno en este nuevo blog colectivo de la mano de una noticia que me encontré por las redes sociales hace poco más de un mes. Bajo el titular "Usted está enfermo: padece una vida normal", la entradilla prometía:
Analistas sanitarios advierten del peligro de la medicalización de la vida cotidiana, fomentada por la prescripción "innecesaria" de fármacos y la creación de enfermedades "inexistentes" para vender medicamentos.
En el artículo podemos leer afirmaciones como "la promoción de los medicamentos ya no se basa en informar sino en vender" o "Cuantos más recursos tenemos, más enfermos nos sentimos. Y estar enfermo es un negocio", mientras se hacen eco de la campaña "Que no medicalicen tu vida" que ha puesto en marcha la OCU recientemente.
Ojo, no traigo esto al blog porque esté del lado de los eternos escépticos de la medicina tradicional, que lo curan todo con terapias alternativas aunque su eficacia sea dudosa, y no vacunan a sus hijos aunque así estemos asistiendo a rebrotes de enfermedades que creíamos erradicadas. No. Pero creo que en la medicina tradicional en cuyas manos me pongo y confío, también es bueno estar alerta ante algunas prácticas, especialmente cuando no hablamos ya tanto de médicos como de la poderosa industria farmacéutica que busca el lucro antes que el bien común (otro gallo nos cantaría si contáramos con industrias farmacéuticas propias, nacionalizadas y públicas que actuasen con ética y responsabilidad).
Hablaré de un terreno que conozco bien: el de la psiquiatrización -y consiguiente medicalización- de la vida cotidiana. Por supuesto, hay muchas enfermedades mentales cuyos síntomas se alivian -y con ello el sufrimiento que estos generan- con el uso de medicamentos. Pero no sé si esto explica que, entre otros, el uso de antidepresivos se haya doblado en apenas una década, o si se debe más bien a que estamos tratando procesos dolorosos naturales, como la tristeza por el duelo tras la muerte de un familiar, o por una ruptura sentimental o -hoy más que nunca- por un despido... como enfermedades mentales que necesitan un tratamiento. Y, si lo son... estamos optando por un tratamiento farmacológico en detrimento de otras opciones psicoterapéuticas que quizá nos harian más bien (pero necesitaríamos un sistema de salud que permitiera consultas frecuentes y de mayor duración con nuestros profesionales... algo de lo que ahora el sistema de salud mental carece).
La segunda parte del artículo, aquella en la que arremete contra las pruebas diagnósticas preventivas porque son -a juicio de los profesionales consultados- un gasto excesivo, ya no me parece tan válida. De hecho, ni siquiera en mi alerta ante la sobremedicación es el derroche económico el primero de los argumentos que utilizaría, me preocupa más el estar sometiéndonos a tratamientos químicos innecesarios en vez de recurrir a alternativas más saludables, igual que me preocupa el establecer categorías de enfermo / sano sin tener en cuenta el estigma (y autoestigma) que puede conllevar para las personas esa categorización. Pero sí considero que el dinero invertido en prevención es eso, una inversión, y no hay por qué contar, como parece decir el artículo, con qué otras cosas sanitarias dejo de hacer si hago un elevado número de citologías de cuello de útero, por ejemplo. ¿Por qué no pensar que he dejado de comprar un tanque X o un caza Y a cambio de hacerlas? A mí, al menos, me compensaría...
Otro detalle en el que me fijaría sería cómo, también hablando del tema de la enfermedad mental, desde muchos profesionales de la salud y desde luego desde los poderes públicos están convirtiendo lo que deberíamos entender como problemas sociales, colectivos (como los procesos depresivos que pueden seguir a un despido, un desahucio... o la soledad en la que batallamos cada uno al haber creado una sociedad en la que la gente vive en compartimentos estancos, sin redes sociales -más allá de las virtuales, claro-, sin ese apoyo mutuo que hoy por hoy empezamos a construir, quizá tras el 15M y con referentes como los grupos de stop desahucios) en problemas -fracasos- individuales que pesan demasiado sobre unas espaldas que se doblan al cargar solos con ellos. "No encuentro trabajo porque no valgo", "me echan de mi casa porque no pago" y, en fin, toda la imaginería que nos quieren meter dentro bajo el paraguas del "he vivido por encima de mis posibilidades".
Frente a todo esto, rebelarse, informarse, tejer red, pelear. No contentarse con asentir dóciles, ni frente a unos gigantes farmacéuticos que tienen en mente ganar unos millones más antes de preocuparse realmente de nuestra salud, ni frente a un sistema que nos quiere culpabilizar por no ser capaces de aguantar el ritmo frenético de esclavos al que nos somete. No más aceptar las limitaciones de un sistema enfermo -él, sí- y vamos a construir otro que se viva mucho más en colectivo. Mira, como este blog ;-)
La segunda parte del artículo, aquella en la que arremete contra las pruebas diagnósticas preventivas porque son -a juicio de los profesionales consultados- un gasto excesivo, ya no me parece tan válida. De hecho, ni siquiera en mi alerta ante la sobremedicación es el derroche económico el primero de los argumentos que utilizaría, me preocupa más el estar sometiéndonos a tratamientos químicos innecesarios en vez de recurrir a alternativas más saludables, igual que me preocupa el establecer categorías de enfermo / sano sin tener en cuenta el estigma (y autoestigma) que puede conllevar para las personas esa categorización. Pero sí considero que el dinero invertido en prevención es eso, una inversión, y no hay por qué contar, como parece decir el artículo, con qué otras cosas sanitarias dejo de hacer si hago un elevado número de citologías de cuello de útero, por ejemplo. ¿Por qué no pensar que he dejado de comprar un tanque X o un caza Y a cambio de hacerlas? A mí, al menos, me compensaría...
Otro detalle en el que me fijaría sería cómo, también hablando del tema de la enfermedad mental, desde muchos profesionales de la salud y desde luego desde los poderes públicos están convirtiendo lo que deberíamos entender como problemas sociales, colectivos (como los procesos depresivos que pueden seguir a un despido, un desahucio... o la soledad en la que batallamos cada uno al haber creado una sociedad en la que la gente vive en compartimentos estancos, sin redes sociales -más allá de las virtuales, claro-, sin ese apoyo mutuo que hoy por hoy empezamos a construir, quizá tras el 15M y con referentes como los grupos de stop desahucios) en problemas -fracasos- individuales que pesan demasiado sobre unas espaldas que se doblan al cargar solos con ellos. "No encuentro trabajo porque no valgo", "me echan de mi casa porque no pago" y, en fin, toda la imaginería que nos quieren meter dentro bajo el paraguas del "he vivido por encima de mis posibilidades".
Frente a todo esto, rebelarse, informarse, tejer red, pelear. No contentarse con asentir dóciles, ni frente a unos gigantes farmacéuticos que tienen en mente ganar unos millones más antes de preocuparse realmente de nuestra salud, ni frente a un sistema que nos quiere culpabilizar por no ser capaces de aguantar el ritmo frenético de esclavos al que nos somete. No más aceptar las limitaciones de un sistema enfermo -él, sí- y vamos a construir otro que se viva mucho más en colectivo. Mira, como este blog ;-)


